Lo que siente no es exagerado, es agotamiento real, sostenido en el tiempo. Es sobrecarga emocional y un sistema nervioso en estado de alerta constante. Pero validar esto no significa romantizarlo. Porque también hay consecuencias: respuestas reactivas, irritabilidad, distancia emocional con sus hijos, culpa acumulada.
Está en la cocina. Son las 7:10 a.m.
El desayuno no está listo, uno de sus hijos no quiere vestirse, el otro llora porque no encuentra sus cuadernos.
Ella siente el cuerpo tenso, la mandíbula apretada.
—“¡Ya basta, apúrense!”— dice con un tono que no reconoce como propio.
Silencio.
Luego culpa.
Luego ese pensamiento que vuelve una y otra vez: “No soy la madre que quería ser.”
Cuando quedó embarazada, imaginaba otra historia.
Una familia unida, un vínculo estable, hijos creciendo en un entorno seguro. Tenía trabajo, tenía pareja, tenía un plan.
Pero la realidad se desordenó.
Se separó.
La red de apoyo no apareció como esperaba.
Y la crianza —que muchas veces se vende como instinto— le exigió más de lo que nadie le había explicado.
Lo que ella siente no es exagerado
Es agotamiento real, sostenido en el tiempo. Es sobrecarga emocional y un sistema nervioso en estado de alerta constante. Pero validar esto no significa romantizarlo, porque también hay consecuencias: respuestas reactivas, irritabilidad, distancia emocional con sus hijos, culpa acumulada.
Lo que le pasa no es un problema de “falta de amor” ni de “mala madre”. Es un problema de capacidad desbordada. Ella está intentando sostener la crianza desde un sistema nervioso saturado, sin suficiente red, sin espacios de regulación, y con expectativas internas que no han sido actualizadas a su realidad.
La crianza no es solo intención, es también condición interna
Y cuando esa condición está en alerta, lo que aparece no es la versión de madre que deseas, sino la versión que tu sistema puede sostener en ese momento.
Aquí hay algo que suele incomodar: Seguir intentando ser “la madre que querías ser” sin revisar tus condiciones actuales… puede ser parte del problema. Porque ese ideal —aunque bien intencionado— puede volverse una fuente constante de frustración y autoexigencia. No es solo que estás cansada, es que estás tratando de cumplir un estándar que no va acorde con tu realidad actual. Y desde ahí, inevitablemente, fallas.Y te culpas. Y vuelves a intentarlo igual.
Esto no se resuelve solo con leer más sobre crianza, ni con proponerte “tener más paciencia”. Ni con decirte cada mañana que hoy sí lo harás mejor. El problema no está solo en lo que haces, está en desde dónde lo haces.
Sin regulación, sin soporte, sin recursos internos suficientes… la información no alcanza
Esa madre que querías ser no desapareció, pero tampoco va a aparecer solo por insistencia o fuerza de voluntad.
A veces el camino no es exigirte más, sino revisar, sostener y reconstruir las condiciones desde donde estás criando. Ahí es donde el proceso importa. No como una solución rápida, sino como un espacio donde puedas entender qué te está pasando, reorganizarte y empezar a responder —poco a poco— desde un lugar más disponible.
Si este tema te toca, puedes explorar más sobre el programa "Crianza en coherencia: De la reacción automática a la conexión segura", donde trabajaremos en comprender tus reacciones, regular el sistema nervioso y construir formas de vincularte con tus hijos desde mayor conciencia y seguridad.
Comentarios
Deja un comentario